Hablemos…

Las mujeres tenemos un tema de conversación favorito con nuestras parejas: la pareja. Y si hay algo que a ellos los espanta es justamente hablar de eso. Bueno, de eso y de todo lo demás. ¿Por qué los hombres se reservan tanto?

El está callado. Descansa en el sofá del living. Es domingo. Ella lo observa y le pregunta: -¿Qué te pasa? El contesta: -Nada. Ella escucha “Nada”, pero entiende: “No sé qué me pasa”, y se va al dormitorio a ordenar el placard. Y ahí comienza, sin retorno, una catarata de pensamientos atribulados que ella se prometerá mantener en silencio hasta que, claro, veinte minutos más tarde la excederán y entonces volverá al living a chequear el estado de la situación.

El sigue descansando en el sofá. Ella contraataca: -¿En serio no te pasa nada? El contesta: -No, nada. Ella escucha “No, nada”, pero entiende: “Ya no me gustás como antes” o “Me estoy aburriendo de vos” o cualquier otra cosa que le mande su autoestima al subsuelo. Ella vuelve al dormitorio a ordenar el placard, pero sus pensamientos la agobian, la perturban, la molestan tanto, que quince minutos después vuelve al living y, con los brazos cruzados y voz de boxeadora amateur, le dice a él: -Hablemos. El se revuelve en el sofá. Nada espanta tanto a un hombre como una mujer –sobre todo la propia- que se le pare enfrente con los brazos cruzados y que con voz de boxeadora amateur le diga: “Hablemos”. ¡Como si para un hombre fuera fácil hablar! ¿De qué querrá que hablemos?, se pregunta el.

Cada vez que ella arremete con el “hablemos” hay que ponerse a revisar la relación, que ya lleva cinco años de estabilidad razonable. -Ahora no, bichi –dice él, que sigue esparcido en el sofá pero en su interior se está cubriendo la cabeza con las manos, porque sabe que lo que viene será una suerte de Intifada doméstica. Ella escucha “Ahora no, bichi”, pero entiende “Ya no me interesa ni siquiera discutir con vos”. Vuelve a ordenar el placard, pero tiene las mejillas sonrojadas y le tiemblan las manos, le está cambiando el ánimo (la está envolviendo un ánimo de perros), porque es injusto, se dice a sí misma, que si él está aburrido de ella, si ya no la ama como antes o, es más, si se enamoró de otro, no se digne ni siquiera a comunicárselo. Así que vuelve al living y se le planta y le dice: -Tenemos que hablar. El se rinde. -¿De qué? –le pregunta. -De lo nuestro. -¿De lo nuestro qué? ¿Qué pasa con lo nuestro? -¿Cómo “que pasa con lo nuestro”? Ella indaga, averigua, repasa, pone a prueba, sonsaca, deduce y refuta todo lo que dice él. El suspira, se hincha, se harta, explica y refuta todo lo que dice ella. No se entienden. Esa noche, duermen en la misma cama pero espalda contra espalda. Ninguno de los dos soporta la otro. Ella se duerme convencida de que él tiene menos interés en ella que antes. El se duerme convencido de que a ella él la irrita mucho más que antes.

Así somos, muchachas, las mujeres y los hombres. Las mujeres vivimos pretendiendo hacer del calzón quitado una bandera, pero además aspiramos a que “eso” que nos digan, la “verdad”, sea exactamente lo que queremos escuchar. Los hombres, por su parte, viven dilatando, haciéndose los osos, esquivando el bulto y evitando contra viento y marea el uso de ese invento tan antiguo y fabuloso que es… la palabra. Si fuera por ellos, serían todos mimos pintados de blanco. Y nosotras, oradoras de feria o adivinadoras de kermesse.

A él esa noche le pasaba algo. Claro que sí. Algo con su vida, con su edad, con su trabajo, con sus metas, con su pasado, con su cuerpo, con su deseo o con su desgano. Pero él, como es hombre, no podía decirlo, de modo que contestó “Nada”. Como respuesta masculina, cuatro letras es bastante. Y ella, esa noche, solamente tenía los oídos despejados para escuchar que nada empañaba ese gran amor, porque ella quiere seguir viviendo un gran amor, y quiere que se lo firmen, que se lo confirmen y, sobre todo, que se lo digan aunque sea dos veces por año. Los grandes amores no son compatibles con un domingo melancólico ni con el orden de un placard.

Pero es aquí donde vivimos: en una dimensión concreta en la que, lamentablemente, después del domingo viene el lunes, y ordenar el placard a veces es inevitable. Y por eso a veces los hombres dejan la mirada fija en un horizonte imaginario, incluso si nos aman, y por eso las mujeres necesitamos que nos recuerden, cada tanto, que hay otra dimensión.

Sandra Russo


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